HOMENAJE A


JEAN


MAMBRINO


[Poeta]



[Fundación Segundo y Santiago Montes. Valladolid, 2010]




Jean Mambrino y Carlos Aurtenetxe en la presentación del libro

Como un viento de rocío (Bermingham Edit., 2009)
en Donostia Kultura
de San Sebastián (10 de julio de 2009).
[Foto: F.M.]






[1]

ENCUENTRO CON EL POETA,
por Félix Maraña, escritor y editor

 


[2]

INTERVENCIONES EN EL ACTO DE
HOMENAJE A JEAN MAMBRINO

(Fundación Segundo y Santiago Montes, Valladolid, 2010)

 

Carlos Aurtenetxe. Poeta y traductor al castellano de Mambrino


Florence Delay (Académie Française)


Marie-Claude Char


Claude Dandréa: Para Jean Mambrino


François Chen: La poesía de Jean Mambrino


Paul Valadier, s.j.: Jean Mambrino


Claude Tuduri, s.j: Homenaje a Jean Mambrino


Bernard Ponty, escritor y pintor


Isabelle Peaucelle

 


[3]

CINCO ESTUDIOS SOBRE LA
POESÍA DE MAMBRINO

 

Emilio del Río, s.j. y poeta:

TRES ESTUDIOS SOBRE MAMBRINO

El vigía ciego, de Jean Mambrino (1965)
Un gran poema secreto: Clairière, de Jean Mambrino (1975)
Jean Mambrino: el poeta en sus cartas (2011)

 


Carlos Aurtenetxe, poeta:

DOS PRÓLOGOS PARA JEAN MAMBRINO

En un cuerpo que anda (2009)
Las palabras que se aman (2010)

 


[4]

HOMMAGE À JEAN MAMBRINO

(Fundación Segundo y Santiago Montes,
Valladolid, Espagne,  25 novembre, 2010)

 

Florence Delay (Académie Française)


Marie-Claude Char


Claude Dandréa: pour Jean Mambrino


François Chen: La poèsie de Jean Mambrino


Paul Valadier, s.j.: Jean Mambrino


Claude Tuduri, s.j: Hommage à Jean Mambrino


Bernard Ponty, écrivain et peintre


Isabelle Peaucelle

 

 

 

 


 


Encuentro con el poeta
Félix Maraña, escritor y editor

 

 

[1]

Un día en San Sebastián

(2004)

 

Un día lluvioso de 2004 un amigo común, el pintor Jesús María Cormán, me presentó en San Sebastián a Ana Belaisch, restauradora, persona por aquel tiempo relacionada con el mundo del arte a través de las galerías, en las ciudades vascas de Francia, aunque residente en París. Pronto le presenté a escritores, artistas y otras gentes de mi ciudad, San Sebastián del País de los Vascos, principalmente Jon Obeso y Carlos Aurtenetxe. Nos habló Ana al instante de un hombre sobre el que expresó un entusiasmo y un afecto poco común, que se llamaba Bernard Ponty, escritor, pintor, generador de empresas de cooperación al desarrollo, y a quien no conocíamos desgraciadamente. Fue tal el retrato realizado por Ana de aquel personaje mágico, que pronto convinimos en celebrar aquellas virtudes en torno a una mesa. Fue en la ciudad de Bayona de Francia, donde pudimos dar el primer abrazo a Bernard Ponty, quien, desde entonces, no ha dejado de ser nuestro amigo. En la primera mesa, Ponty se dedicó a hablar con entusiasmo de otro poeta, Jean Mambrino, cuya obra tampoco conocíamos, para nuestra desgracia. Si el entusiasmo de Ana nos llevó directos a Ponty, el de Ponty, de cabeza, a Mambrino. Bernard nos entregó de inmediato los primeros libros de Mambrino. Pronto convinimos, a su vez, en celebrar un encuentro con el propio Mambrino, en torno a una mesa, pero a este lado del Bidasoa, donde las mesas, por lo general, son más grandes, extensas, y excesivas de lo que se acostumbra en el País Vasco Continental, pues en ellas no se da mesura, ni al yantar, ni al hablar, ni al cantar. No en vano, Voltaire, que era hombre de ingenio y visión, resalto de los vascos ese modo en que enhebraban, por doquier, melodías. Oficié de cocinero, con la dirección de nuestro amigo Keny Bontigui, y, a los postres, canté una canción que había improvisado, para Bernard Ponty. “Que este lugar, Bernard Ponty, sin tu presencia, pierde la emoción”, decía. Y creo que con personas como Bernard hasta los lugares tienden a emocionarse. Durante el encuentro, le dije –le conminé, en realidad– a Carlos Aurtenetxe, en presencia de Mambrino y Ponty: “Ya puedes traducir al castellano ese libro cuanto antes. No sé a qué esperas”.

 



Jean Mambrino y Félix Maraña tras la presentación del libro
Como un viento de rocío (Bermingham Edit., 2009) en la Plaza de
la Constitución de San Sebastián (10 de julio de 2009).
[Foto: Arizmendi]




[2]

Otro día en San Sebastián

(2007)

 

Si en todo vasco hay algo de exceso, o de entusiasmo del bueno, en Aurtenetxe hubo sobreabundancia, porque, al poco tiempo, me comunicó que no pensaba traducir un libro de Mambrino… sino dos. Durante 2006 Carlos dio forma a la traducción, incluso con visita de Mambrino a San Sebastián –y, antes, del propio Carlos a París, con el mismo objetivo–, para discutir algunos asuntos de la misma, en directo con su autor. Llamé al ministro de los Jesuitas de la calle de Garibay, en mi ciudad, San Sebastián del País de los Vascos, anunciándole la visita de Mambrino, y pidiéndole, como si de un hotel se tratara, se le dispusiera, si había lugar y plaza, una habitación en la Casa. Ni corto ni perezoso el padre ministro, que hablaba un inglés excelente, como Mambrino, le asignó al poeta francés, ni más ni menos, que la suite más importante de la Compañía, aquella que se reformó, especialmente, para la última visita oficial que el prepósito general de los Jesuitas, el vasco Pedro Arrupe, hizo a su País Vasco. Se había dado cuenta sin duda el anfitrión de la personalidad de su compañero de religión, una de las grandes personalidades de la cultura europea del siglo XX, incluso, proyectado, del XXI.





San Sebastián (Basque Country).
[Foto: F.M.]



[3]

Un día, otro más, en San Sebastián

(2009)

 

En julio de 2009, en su segundo viaje a San Sebastián, Jean Mambrino dijo que no quería hospedarse en habitación tan solemne, sino en particulares, y el día 10 de julio presentamos en la Feria del Libro de San Sebastián, en el País de los Vascos, uno de los dos libros de poesía traducidos, Como un viento de rocío, libro en edición bilingüe, uno de aquellos dos poemarios que Aurtenetxe me dijo que tenía, inevitablemente, que traducir. Mambrino tuvo una intervención de nervio, y de una excelente claridad. Pasamos dos jornadas en San Sebastián, de las que dan testimonio algunas imágenes que publicamos ahora por vez primera en Bermingham. Recuerdo que cenamos, en unos de esos días, en el reservado, la cave, del restaurante Beti Jai, en la tan repetida y querida ciudad nuestra, y, a los postres, Mambrino se encontró, en la euforia de la noche donostiarra, con un grupo de jóvenes franceses, excesivamente llenos de casi todo, menos de lo que Mambrino esperaba.




Jean Mambrino y Carlos Aurtenetxe.
[Foto: F.M.]




En segundo plano: Antonio Casado da Rocha, Emilio Varela, Jon Obeso
y Koro Saavedra. En primer plano: José Luis Padrón, Jean Mambrino,
Carlos Aurtenetxe, Concetta Probanza y Kepa Lukas,
Félix Maraña inmortalizó el momento
(Boulevard de San Sebastián, julio de 2009).
[Foto: F.M.]




[4]

Un día en Valladolid

(2010)

 

En julio de 2010 publicamos un nuevo libro, el segundo, de Jean Mambrino, La contraseña, en edición bilingüe. Era la segunda entrega del empeño en el que Aurtenetxe había puesto su conocimiento, tanto de la poesía, como de la lengua francesa. Mambrino veía así coronada una tarea de extensión de su obra, traducida al castellano, una lengua en la que también están sus orígenes y buena parte de su tradición cultural. Ambos libros traducidos por Aurtenetxe se sumaban a la tarea que otro poeta, y jesuita, Emilio del Río, había hecho con anterioridad, publicando en la colección Adonais la primera traducción al castellano de la poesía de Mambrino: El libro de la luz (1977). Además de ser jesuita y poeta, Emilio del Río había estudiado la obra de Mambrino en la revista Razón y Fe. Emilio reside en Valladolid, y propuse a nuestra llorada amiga Catalina Montes hacer un acto de presentación de ambos libros, en la Fundación Segundo y Santiago Montes, que ella presidía. Acordamos que el acto tendría lugar en la sede de la Fundación, el 25 de noviembre de 2010. Katy quería que fuese ese día, y no otro, porque deseaba estar presente en el acto, al regreso de uno de sus viajes a El Salvador, el país, las gentes, por las que tanto Katy como su hermano Segundo –sacerdote jesuita asesinado en 1989, junto a sus compañeros, en la Universidad Centroamericana (UCA) de El Salvador– dieron la vida. Katy fue dejando la suya, entregada por entero a los demás, en todos los lugares en donde su presencia iluminaba la vida. La ilusión de Katy es que hubiera estado presente en el acto, junto con Emilio del Río y Carlos Aurtenetxe, el propio Jean Mambrino, sin duda para hablar de Shakespeare. Porque Katy, además de traducir a los grandes poetas ingleses contemporáneos, sabía tanto, o a la par, de Shakespeare, como el propio Mambrino. En los previos a la preparación del acto, Carlos Aurtenetxe y Bernard Ponty requirieron a poetas, estudiosos, y amigos de la poesía de Mambrino testimonios para su poesía y persona. Y lo que iba a ser la presentación de dos libros, se convirtió en un memorial de reconocimiento al poeta. Todos los testimonios quedan aquí ahora reunidos, unos en su lengua original, y la mayoría traducidos al castellano. En su conjunto, es un ensayo de tonos y de contenidos de la poesía de Mambrino como posiblemente nunca se ha hecho. Además de todo lo dicho, lo más hermoso fue ver cómo Katy Montes, mientras recogía las sillas en donde se había realizado el homenaje, cansada de la jornada, sonreía.




 
Emilio del Río, Elena Santiago, Carlos Aurtenetxe,
Katy Montes y María Calleja (Valladolid, 2010).
[Foto: F.M.]

 



[5]

Y otro día, triste, de Valladolid

(2011)

 

Las fotografías que realicé aquel día frío –y caluroso, por todo lo dicho– de Valladolid no fueron las últimas en las que Katy Montes sonriera, porque con su sonrisa no pudo ni la enfermedad, el dolor, ni el peso del mundo. Un infarto acabó con su vida el 5 de abril de 2011. Katy era Catedrática de Filología Inglesa del Departamento de Lengua y Literatura y Literatura Norteamericana de la Facultad de Filología, y Doctora en Filosofía y Letras de la Universidad de Salamanca, pero, sobre todo, fue una defensora tenaz, y efectiva, de los derechos humanos y la cooperación al desarrollo en El Salvador y en todas partes. Katy Montes fue para todos nosotros un ejemplo moral, una conducta sin tacha en la consideración de los problemas reales de las gentes del mundo. Además, era una intelectual que, como Mambrino, conocía a Shakespeare, y todo lo que hacía era tan grande que no se notaba en su ejecución, sino en sus efectos. La Fundación Segundo y Santiago Montes ha quedado huérfana de su tarea, pero no de su conducta, y aquí queremos dar un abrazo de aliento a sus componentes, que son personas solidarias y que tuvieron la suerte de aprender a vivir, generosamente, de la conducta generosa de Katy Montes.

 



[6]

 

En el acto de Valladolid nos acompañaron Jon Obeso, poeta, y Elena Santiago, poeta. Gracias.

    Además de los testimonios de las personalidades sobresalientes de la cultura francesa, hemos querido recoger aquí tres estudios de Emilio del Río sobre Jean Mambrino, y los dos prólogos que Carlos Aurtenetxe escribió para los libros mencionados antes. El conjunto de referencias documentales, verbales y visuales, hacen de este dossier un documento único sobre la obra de Jean Mambrino.

 



[7]

 

Gratitud infinita a Katy Montes. “Su amor fue tan grande, y su lucidez tanta que le partió el corazón su propia hermosura”, ha dicho Carlos Aurtenetxe. Y es verdad.

 

 


Artículo de Jon Obeso sobre Jean Mambrino,
publicado en la revista cultural Pérgola (Periódico Bilbao, 2009).


 


 

Introducción

 

Con motivo de la presentación de dos libros –editados por Bermingham en 2009 y 2010– del reconocido poeta francés Jean Mambrino, traducidos al castellano y prologados por Carlos Aurtenetxe, en la Fundación Segundo y Santiago Montes, de Valladolid, el 25 de noviembre de 2010, Félix Maraña, director de la editorial, en lugar de limitarse a presentar dichos libros, ha invitado a sumarse al evento a Emilio del Río, primer traductor de Mambrino en este país.



Portada de la edición bilingüe del libro
Como un viento de rocío / Comme un souffle de rosée bruissant
de Jean Mambrino
traducido al castellano por
Carlos Aurtenetxe (Bermingham Edit., 2009).


Portada de la edición bilingüe del libro
La conttraseña / Le mot de passe
de Jean Mambrino
traducido al castellano por
Carlos Aurtenetxe (Bermingham Edit., 2010).




Al concurrir en el acto, presidido por la directora de la Fundación, Catalina Montes, los dos únicos traductores de Mambrino hasta la fecha en este país, en el que por desgracia aún sigue siendo prácticamente un ilustre desconocido, una nueva dimensión ha nacido del encuentro: La irrenunciable intención de rendir homenaje a tan admirado poeta como es Jean Mambrino, en Francia y en otros países, ya con la salud quebrantada, y aún no reconocido por nuestros lares.

En la mesa, donde se evidenció la generosidad y entrega de Catalina Montes a la idea, el empeño de Emilio del Río y Carlos Aurtenetxe en hacer progresar la causa, explicando cada uno las circunstancias personales que les llevaron al encuentro con Mambrino, y el editor, Félix Maraña, recordando cómo dio la orden de partida a la nueva misión, tras el encuentro humano con Mambrino, merced a Bernard Ponty: traducir a Mambrino. Como así se hizo, a través de Aurtenetxe.

Se evidencia que la tarea es ardua. El libro traducido por Emilio del Río, El libro de la luz (Sainte Lumière), se publica en Rialp, colección Adonáis, en 1977. El libro traducido por Carlos Aurtenetxe, Como un viento de rocío (Comme un souffle de rosée bruissant) se publica en Bermingham, en 2009. El segundo libro traducido por Aurtenetxe, La contraseña (Le mot de passe), se publica en Bermingham en 2010, y se presenta en el acto que comentamos, en Valladolid.

Los resultados están a la vista. Se trata, pues, de luchar contra algo difícil. Pero una cosa es clara. El intento merece la pena.

Cuando la idea de que se rendía homenaje a Mambrino en Valladolid el 25 de noviembre se hizo saber a personas ilustres de Francia, grandes admiradores de su poesía y su personalidad, distintas a todo, no dudaron un instante y enviaron sus palabras de personal adhesión al homenaje rendido a persona tan irrepetible.

Para comprender un poco mejor todo lo que decimos, y llegar a leer a Mambrino, damos a continuación textos leídos durante el acto, así como palabras de adhesión recibidas para ser leídas en él.

Entre ellas, las palabras de Marie-Claude Char, viuda de René Char, poeta que sobrevoló la poesía francesa de la segunda mitad del siglo XX, y que compartió con Mambrino una larga correspondencia (1950-1984).

Así como las palabras de Françoise Delay y François Cheng, miembros de la Academia Francesa. Y otros testigos del camino compartido con Mambrino a lo largo de la vida, que nos dan su valioso testimonio del hombre y de la obra.

 



 


 


Intervención en el acto homenaje
a Jean Mambrino


Carlos Aurtenetxe


 

 

Ante todo he de empezar por expresar mi gratitud a Katy Montes, porque esto que nos ocurre hoy y aquí es de verdad, nos ha permitido conocernos con tal motivo, al fin diría yo, pues hace años que sabía de ella y sus hazañas gracias a Félix. Igual alegría fraternal y gratitud también al encontrarnos por fin con Emilio del Río con quien llevábamos ya tiempo en contacto, gracias a Mambrino, la poesía y el cruce de nuestras obras y opiniones. Tenía que llegar este día. Y mi reconocimiento a su gran versión de Sainte Lumière, El libro de la luz, y su prólogo lleno de luz y distinción, abriendo la ruta de Mambrino en este país en 1977 (Rialp, Colección Adonáis).

El hecho de que Emilio del Río esté hoy aquí, hermanado con nosotros, en la presentación de nuestros dos libros, Como un viento de rocío y La contraseña, le concede a este acto una nueva dimensión, al coincidir aquellos que hemos traducido hasta la fecha a Mambrino en este país, se convierte ya en un rendido homenaje a poeta tan insigne, como reconocido en diversos países, y aún prácticamente desconocido aquí. Sea, pues, esta intención y voluntad nuestra, un poco heroica, la verdad, dar cumplimiento a esta celebración, a la que enseguida se han adherido personas destacadas de las letras francesas, deseosas de dar testimonio de su hermandad y admiración, al que daré lectura en la parte final del acto. Van incluidas, entre ellas, Marie-Claude Char, viuda del poeta René Char, que sobrevoló la poesía francesa en la segunda mitad del siglo XX, y dos miembros de la Academia Francesa.

El hecho de que, hace unos años, a través de amistades comunes, y al azar de la vida, conociéramos a Bernard Ponty, autor de dos novelas publicadas en Gallimard y destacado pintor, y él enseguida se empeñara en que yo debía conocer a Mambrino y su obra, y Mambrino conocerme a mí y la mía, y Félix lanzara la idea de que tenía que traducir obra suya, ha dado en esto de lo que hablamos hoy. Y confieso que se ha convertido en un hecho mayor de mi vida. Por el trabajo realizado y por el imborrable encuentro humano con Mambrino para siempre.

Ha sido enorme el deseo de Mambrino de estar hoy presente aquí. Pero ha habido que rendirse a la evidencia. Desgraciadamente, su estado de salud no se lo permite. Aún vino, el año pasado, acompañado y con dificultad, para la presentación en San Sebastián de Como un viento de rocío. Y fue inmensa su alegría, y la nuestra, al haber compartido aquellos inolvidables momentos de felicidad.

Como es enorme su alegría hoy, y su gratitud (me lo acaba de confirmar Bernard Ponty telefónicamente, que se encuentra en este momento junto a él), por este acto que ahora nos reúne.

Me llama la atención que, durante más de 30 años, se haya creado este vacío por estos lares para con Mambrino. Constatado este general desconocimiento de su persona y obra entre nosotros doy rápida lectura a un muy sintetizado repaso de su vida para tener una mínima noción de quién estamos hablando.

Jean Mambrino nace en Londres el 15 de mayo de 1923. Su padre pertenece a una familia originaria de Florencia y, antes del siglo XV, de Andalucía. Su familia materna es originaria de la Champaña.

Vive en Londres hasta los 7 años. Después se traslada a París.

El servicio de Trabajo Obligatorio le lleva a la Dordoña, como leñador. Estará allí hasta la Liberación, antes de ir para un año a Alemania, con el ejército de ocupación.

Comienzan entonces diez años de estudios superiores consagrados a las Letras, la Filosofía y la Teología. Es ordenado sacerdote en la Compañía de Jesús en 1954. Al mismo tiempo, descubre el teatro, que será siempre una parte importante de su vida.

Mantiene estancias regulares en Londres donde conoce a T. S. Eliot y Kathleen Raine, y donde le une actividad y admiración con el teatro de Shakespeare interpretado, entre otros, por Laurence Olivier y John Gielgud, por cierto convertidos ambos, con el tiempo, en Sir Laurence Olivier y Sir John Gielgud.

Un artículo que publica en el “Suplemento Literario del Times” le pone en relación con Jules Supervielle, con el que quedará estrechamente ligado. Es igualmente una crónica suya en las ondas de la BBC dedicada a René Char la que marcará el principio de su mutua amistad para el resto de sus vidas. Esos mismos años conoce a Georges Simenon, André Dhôtel y Henry Thomas que serán ya amigos suyos para siempre.

Durante quince años es profesor de Literatura y Lengua inglesa y paralelamente monitor de Teatro en Amiens, y después en Metz.

Escribe por entonces unos pocos poemas, que va enviando a algunos amigos.

Jules Supervielle, que los ha ido guardando, los lleva a Mercure de France, que los publica en 1965 bajo el título de Le Veilleur aveugle. Es su ópera prima, y ya causa conmoción.

Del mundo del teatro, y su amistad con Roger Planchon, figura primordial del teatro francés, por poner un ejemplo, extiende su círculo de interés al cine, donde hace amistad con Robert Bresson, Roberto Rossellini y Luigi Comencini, así como los cineastas de la Nouvelle Vague Eric Rohmer, François Truffaut y Claude Chabrol, entre otros.

En julio de 1968 se instala en París y comienza una colaboración regular (un trabajo al mes durante 40 años que le va a conceder renombre nacional) en la prestigiosa revista “Etudes”, donde es el responsable de la crítica literaria y teatral.

Durante todos esos años tiene ocasión de efectuar numerosos viajes por Europa, Unión Soviética, Próximo Oriente, Asia del Sudeste, África del Sur y por los Estados Unidos que recorre de Este a Oeste.

Paralelamente a todo ello, en silencio, va desarrollando su obra poética. Obra que, progresivamente, se irá haciendo con su vida.

A partir de 1974 se suceden las apariciones de sus nuevas obras, entre ellas, Clairière, Sainte Lumière y L'Oiseau-Cœur (Premio Apollinaire 1980), junto a Le mot de passe, que van a ponerle definitivamente en primera línea de la poesía francesa.

Obras capitales, como La saison du monde, se suceden a lo largo de los años. Grâce es su última obra publicada, en 2009.

En 2005 recibe el Premio Jean Arp por L'abîme blanc y toda su obra poética se ve coronada por la Academia Francesa al otorgarle el Premio del Cardenal Grente.

Hoy presentamos aquí dos libros de Jean Mambrino traducidos al castellano. Dos obras extremadamente distintas, como le gusta decir al autor, en su modo poético y en su momento de creación.

Como un viento de rocío (Comme un souffle de rosée bruissant) es una obra del 2006 (Arfuyen), publicada por Bermingham en el 2009, que consta de 90 poemas, repartidos en nueve grupos de diez poemas, y que parte de una cita bíblica: “Hizo en el seno de la hoguera como un viento de rocío (…) y he aquí que andaban en medio de las llamas, alabando a Dios” (Libro de Daniel 3, 25-50).

La voz es justo lo que nos rebasa. El recorrido de esta obra es un perfecto paradigma de ello, aquí donde la voz distinta de Mambrino, a través de cuerpos, pasos, sombras, misterio y circunstancias, nos lleva con ella del otro lado de las cosas, es decir, en el puro centro de ellas. Donde noches, días, y lo inaccesible, montan guardia en el corazón. En el afán de lo incontenible, de lo mínimo y de lo mayor.

Allí donde los frutos llegan, cruzan a través de nosotros, parten. Sin saber qué fue de nosotros en aquella contienda.

Allí donde los poemas de Mambrino ruedan sin fin más allá de las sombras, más allá del aire y de su condición, más allá de nuestra condición. Pero en ella.

Como la poesía va más allá que sus palabras.

La contraseña (Le mot de passe) es una obra de 1987 (Corti), publicada ahora por Bermingham. Se trata de una obra distinta a todo, formada por 400 dísticos, hecha de auténticos fogonazos poéticos de la conciencia. Obra que sólo uno de los grandes puede acometer, por la imposibilidad de todo adorno que disimule toda carencia.

De esta inmersión, esta incursión a pecho descubierto en la más profunda materia del misterio, de la respiración del cuerpo de la poesía, de sus partículas elementales y sus leyes, emerge transfigurado, mojado aún de nacimiento, el ser de La contraseña, inabarcable, hecho de sombra y luz como nosotros, atravesado de tiempo, distancia e intimidad, de presencia y ausencia. Sustancia misma de los que nos rebasa, en la palabra de Mambrino. Desde su aparición, La contraseña ha sido celebrada por los más grandes como una verdadera enseña de la existencia del prodigio, de la poesía, en el suceso de la libertad y condenación en nosotros. Como el mundo inagotable de la realidad en cuanto existe, uno y diverso, en cuanto se manifiesta inevitablemente, más allá de los cuerpos y las páginas, sin límite ni rendición.

Como dice Mambrino, “cada contraseña se apoya, de forma visible, en la transparencia del espíritu. ¡Y si tratáis de ponerle la mano encima se escurre como un lucio!”.

Pero en ambos mundos de ambas obras es la altura del mundo poético de Jean Mambrino, uno y vario, el que cautiva. Y nos remite a la inagotable andadura de su conciencia poética por las rutas del misterio de nuestras existencias, hecho hallazgo, justeza y precisión en su palabra. Pensar y encantamiento. Fuerza, delicadeza, originalidad, sencillez y revelación hechas una.

Mambrino es una voz, una mirada que sorprende, que turba a aquel que recibe su mensaje, a aquel que lee su obra.

Su poesía de la corporeidad del espíritu, más que del espiritualismo, le concederán el calificativo de “poeta de la luz”. Del cuerpo de la luz, diría yo. También le denominan el poeta de las metamorfosis.

Máximo representante de lo que nos rebasa, de la manifestación del misterio en el hombre habitado, de la palabra transcendida, es portador de una luz que le emana de dentro y va más allá del horizonte.

Habla de lo mínimo, de lo humilde, para ir a lo ilimitado, en el Gran Viaje, la gran aventura de la conciencia humana, de la condición humana hecha condición universal.

Habla de lo mínimo para decir lo máximo. Perfecto símbolo de una visión profunda y totalizadora de las cosas en un corazón ilimitado.

Comunión de lo complejo y lo sencillo, de lo infinito y lo cercano, de lo cotidiano y lo esencial, en el don de la mejor combinación de los factores. De lo refinado y lo intangible, de lo delicado y lo inasequible en el abrazo que todo lo trastoca.

La incógnita siempre será cómo lo ilimitado cabe en lo limitado.

Mambrino siempre está en lo mínimo y en lo máximo del hombre. Nunca niega parte alguna del hombre. Ni tan siquiera la más oscura, la más dolorosa. Hay que hacer un mundo con ella también.

“El trabajo de un artista no debe proceder de una técnica, sino de una visión”, nos dice Mambrino.

“Un solo ciprés basta al corazón de la distancia”.

Para hacer hombre mayor, como dice Paul Valéry, “hacer horas que fuesen fragmentos de eternidad, resume el secreto de la lectura que puede convertirse en un acto total de la vida, uniéndose al acto de la creación”.

No hay que precipitarse, nos dice Mambrino, que se nos revela un maestro en el delicado arte de leer, porque, si no, resbalamos a un lado de la visión, cuando, por el contrario, precisamente hay que dejarse arrastrar al interior del poema.

“La poesía, ese lenguaje silencioso que borra sus propias huellas para que se oiga lo que las palabras no dicen”.

“La abertura del poema es su supremo secreto. La abertura es la suprema intimidad”.

Traducir a Mambrino es traducir el infinito, lo esencial. Aunque sea misión imposible. Y su palabra se ocupa de nosotros.

Es, sin duda, un caso único, por la naturaleza abierta de su conciencia, como poeta celebrado, reconocido y admirado por tantos hombres ilustres sin creencias religiosas.

Un hombre que nos dice:


“Lo inaccesible:

lo que la mano roza”.

“Ese camino ya trazado

que tus pies inventan”.


Y es que Mambrino, a la postre, no hace sino seguir los pasos de aquella enigmática frase de Mozart que él nos recuerda, cuando decía buscar las notas que se aman.

De hecho, no otra cosa ha hecho Mambrino toda su vida: buscar las palabras que se aman.

Palabras que, por cierto, aunque jamás nos alcancemos, son las que más nos acercan a nosotros mismos.

Como cuando nos susurra:


“Es la sombra del otoño

la que pesa en los frutos”.

“Se diría que trabaja dentro del árbol

alguien que duerme”.


Mambrino no cabe en Mambrino. Tal es su condición y su misterio. Como no cabe el vuelo en el ave, y por ello ha de partir.

En la obra singular de Mambrino todo cabe y todo está, cual la realidad misma y lo que la rebasa.

Y es que el único argumento de la poesía es su propio cuerpo.

Decía Goethe que “hablar es una necesidad, escuchar es un arte”. Mambrino nos dice: “La poesía es un arte de la escucha, y el poema la traducción de una palabra silenciosa. Ella es el arte del lenguaje en su cima. El arte poético, como el arte de leer, es, en lo más profundo, un arte de vivir”.

Mambrino ha sido reconocido como ese centinela que vigila por nosotros, por las noches, que vela nuestro sueño, habitante del alba que viene a contarnos la gran noche. Con la intimidad compartida. Porque Mambrino siempre nos habla en secreto, a cada uno de nosotros.

“Palabras que hacen nacer a cada cual al manantial de su propia palabra”, como él nos dice.

“Sólo lo que se llama poesía puede tejer el hilo que une lo diverso a la unidad”, dice en “La penumbra de oro”.

Y añade: “La bóveda del infinito ha tomado la forma del viento”.

Por todas partes un tesoro escondido se ofrece. Sólo hay que encontrar la contraseña. El “Ábrete, Sésamo” del cuento de nuestra infancia.

Como una emanación que viene de lo oscuro, del fondo, del centro de ella misma, es esta fuerza que hoy nos convoca, nos reúne aquí, en torno a Mambrino, en Mambrino, con Mambrino, y con nosotros mismos. En este encuentro en el que todos nos acercamos más a nosotros mismos al estar con él. En ese bien inapreciable, y cada vez más raro en esta época banalizada, que es estar con nosotros al estar con todos. En esta aventura verdadera de atreverte a ser un hombre, y además tú. Más allá de toda frontera y jerarquía.

Siguiendo las palabras de Mambrino ante la vasta plaza de los caminos bifurcados, encontramos de repente un inesperado camino, una dirección para los pasos.

Algo en lo que no se había caído en la cuenta.

La palabra de Mambrino es su mirada, el distinto ángulo de incidencia de su mirada sobre el mundo. Y el tacto de sus dedos. Y su relato y consideración, en la más bella, sencilla y precisa fórmula al decirlo.

Como una fluencia en aquella alta forma de energía interna que habita sus poemas, sin que nada falta o sobre, sino que fluya, que ruede como la música del agua de la noche en el río.

Un poeta, un hombre, que se atreve a decir lo más alto y lo más bajo del hombre, para servir al hombre, diciendo la verdad.

Como dice, en “La saison du monde”, refiriéndose a esos fanáticos que “quieren meternos la verdad por la garganta a golpes de culatas, de cuartos de luna, de cruces”. Porque sólo diciendo la verdad se sirve de verdad al hombre.

Yo quiero pensar que el prodigio es posible, como lo demuestra Mambrino. Y que más allá de la fuerza bruta, la imposición de los mercados, y el intento de militarización, infantilización e institucionalización de la mente humana hay un ámbito dentro del hombre que es superior a tales actuaciones, aunque por desgracia sea tan lento el progreso, y sigan cayendo generaciones y generaciones de hombres bajo el aparato de lo injusto sin merecerlo. Mientras eso se sepa, y exista la suprema vegetación de la poesía en el fondo de nosotros, a través de hombres como Jean Mambrino, retomamos fuerzas y respiración para la dura brega de mañana. Querremos pensar que perdemos batallas, pero no la guerra. Y de esto sabe mucho Katy Montes.

Y Roger Planchon, que se nos ha ido hace poco, por cierto, le seguirá diciendo a Mambrino, con la lucidez de su talento, pero con el entusiasmo de un niño, entre puntos de exclamación, hablando de La contraseña:

“¡Has escrito 100.000 miles de millones de poemas, es un libro sin fin!”.

 

 



 


Florence Delay
(Académie Française)

 

 

París, 15 noviembre

 

Gracias, querido Carlos Aurtenetxe, por los dos bellos libros que me ha hecho llegar antes del verano.

Me alegro tanto que Jean Mambrino haya encontrado en Ud. un poeta fraternal. He aquí las líneas solicitadas por su amigo Bernard Ponty[1], para ser leídas el 25 de noviembre en Valladolid. Estaré de corazón con Uds. ese día.

Suya.

Florence Delay

 

Durante el rodaje de su película “Proceso de Juana de Arco”, era el verano del 61, el cineasta Robert Bresson deseó presentar a su amigo Jean Mambrino la joven desconocida que él había escogido para interpretar a Juana. Era yo, y guardo de aquel nuestro primer encuentro un recuerdo algo asustado. Ese padre jesuita, en efecto, parecía conocer un momento secreto de mi vida que él juzgaba culpable, y me sugería que me liberara de aquello mediante confesión, con el fin de entrar más pura en el papel que me había sido encomendado interpretar. Decliné su envite con el ardor de mis 20 años. Así comenzó nuestra invisible amistad.

Le solía encontrar en el teatro. Su rostro se iluminaba, al verme, con una sonrisa cuya dulzura me penetra todavía. Estaba absuelta y agradecida. Leía sus críticas, compartía sus gustos, sus opiniones. Después, más tarde, descubrí al poeta. Es el poeta, desde entonces, al que escucho, y que me hace conversar con sus paisajes interiores.

Como con todo poeta “de veras”[2], se puede leer a Jean Mambrino sin nada saber de su persona, pero no se tarda en comprender su doble pertenencia a la poesía y a la religión de las que hace un solo acorde. Este acorde le acerca en mi espíritu al gran hermano inglés al que él ha traducido, Gerard Manley Hopkins, jesuita y poeta como él.

La plena pertenencia a la creación de Dios como a la de los hombres me apareció en su obra L'Hespérie, pays du soir. Poemas “traducidos del silencio” y palabras escogidas de los que René Char denominaba “los aliados substanciales”. Jean Mambrino atrae a veces a su familia a los que no forman parte de ella, no por la fuerza, sino a través de la gracia. Hace del poema un estado de gracia y de la oración un poema. Es un ser generoso.

 



 

 


Marie-Claude Char



De parte de Marie-Claude Char a Carlos Aurtenetxe, estas líneas de homenaje a Jean Mambrino donde la voz de René Char mezclada con la mía expresan afecto y admiración.

Muy cordialmente.

Marie-Claude Char

 

Mi amigo Bernard Ponty me explica la celebración de un homenaje a Jean Mambrino, y me solicita unas líneas de adhesión al mismo. Helas aquí.

Estos últimos años he tenido la suerte de tener algún encuentro con Jean Mambrino en París. Su sonrisa, su mirada, sus gestos, todo expresaba en él el amor, la generosidad, el afán de compartir.

Con ocasión del centenario del nacimiento de René Char en 2007 hemos podido realizar juntos un viaje a Estrasburgo donde Jean ha expresado toda su emoción al evocar la amistad y el afecto que sentía por René Char.

Pero para hablar de Jean Mambrino, poeta, me parece que lo más justo es darle de nuevo la palabra a René Char a través de palabras escritas durante su larga conversación soberana entre 1951 y 1984:

“Querido Jean, su amistad es como el árbol que da al pintor sus frutos inmortales. Ud. posee la poesía y la poesía le posee a Ud. con una verticalidad en abanico cada vez más soberana.... Sus poemas están siempre al lado de mi mano y bajo mi mirada.... Sus últimos poemas (Enero 52) poseen una carne y una espiritualidad a la luz de las cuales me siento profundamente sensible. Ondas, acompañamiento, impregnación.... La reunión de sus poemas en un libro (L'oiseau-Cœur, noviembre 1979) que es a la vez navío y orilla, el azul del ala del ave soberana sobre la ola aérea, me emociona infinitamente. Lo que Ud. ama compone la mejor poesía que existe, puesto que Ud. aparece como en un milagro en todos los caminos terrestres y en la inmensidad de las cosas y los objetos victoriosos lo que dura el encuentro entre una mirada y un corazón acordados. ¡Buena sed! ¡Larga vida aquí! Su amigo, René Char.”

Terminaré, por fin, con esta frase que René Char le envía a Jean en 1980:

“Como en todo poema, en los brazos del raptor está lo inaccesible.”[3]


Noviembre, 2010.

 



 


Claude Dandréa


 

Muy Sr. mío,

según lo convenido con Bernard Ponty aquí le envío estos dos textos sobre Jean Mambrino, uno de François Cheng, que hemos publicado en nuestra revista “Clairière”, y el otro de mí mismo. Nos alegramos mucho de este homenaje rendido a Jean y nos asociamos a las celebraciones del 25 de noviembre.

Muy cordialmente.

Claude Dandréa

 

 

Claude Dandréa
para Jean Mambrino

 

Me alegro tanto, junto a todos los enamorados de la gran poesía, del homenaje rendido a Jean Mambrino, con ocasión de la traducción al castellano de sus dos obras Le mot de passe (La contraseña) y Comme un souffle de rosée bruissant (Como un viento de rocío).






La obra poética de Jean Mambrino es una de las que abrazan a todo lo creado, en su adhesión total a la vida bajo todas sus formas. Maravillas de los espectáculos de la naturaleza, desgarradora belleza del rostro humano, asombrosas realizaciones del espíritu del hombre. Mas también compasión para con tantos seres que sufren sin saber por qué y que el poeta evoca con una tierna delicadeza.

Emana de esta poesía, tan varia en su forma, tan rica en hallazgos verbales, como un gran himno al Misterio al que sólo puede aproximarse una mirada de fe, confiada en la misericordia del Creador.

 




 


François Cheng


 



La poesía de Jean Mambrino


 

Cuando pienso en la poesía de Jean Mambrino, sobre todo dos expresiones me vienen a la mente: “claro del bosque” y “luz”. Dos términos que riman entre ellos[4], cierto, pero unidos por un lazo más profundo, porque esa luz no se trata de un rayo luminiscente que nos llega desde fuera, sino que siempre irradia desde un centro secreto, ese Vacío en el corazón de lo carnal donde el soplo vital se mueve, donde el esplendor está a punto de advenir.

Se accede por un largo caminar a través del bosque oscuro que constituye la vida humana cegada por la costumbre o el dolor. La luz que brota entonces es una epifanía en la que la vida se revela a cada instante como un don, que cada poema, a su vez, revela en su frescor matinal del mundo.

Sí, cada poema de Jean Mambrino es una epifanía y una revelación que el poeta ofrece con fervor, a medida que progresa en su camino. Su poesía es celebración de la que la escansión está hecha de respiración rítmica y de ecos sin fin. Todo lector está invitado a acoger lo que designan las palabras y los versos, pero más todavía lo que, como un resplandor de luna, resuena o centellea entre ellos.

Claro del alma, claridad del canto.

 


 


 


Paul Valadier


 

He aquí un pequeño homenaje a Jean Mambrino, que me ha solicitado Bernard Ponty.

Buena celebración de nuestro poeta.

Paul Valadier, s.j.

(Antiguo redactor Jefe de la revista Etudes).

 

 

Jean Mambrino

 

De Jean Mambrino, se conoce sobre todo al poeta; delicado, sensible, de verbo emocionante, de lenguaje magnífico. En su poesía, todo lector siente el soplo místico del hombre, del cristiano, del jesuita, no como una inspiración impuesta o facticia, sino como la expresión de un hombre de fe que con el pudor necesario dice su andadura, su búsqueda, sus descubrimientos admirativos, sus momentos de turbación o de incertidumbre. No hay duda de que esta profundidad toda en superficie de su estilo marca una obra original y personalísima, en el seno de las producciones actuales, y se destaca por su rechazo de todo formalismo y de toda mala abstracción.

Pero se conoce sin duda menos el Mambrino enamorado del teatro y la literatura. Destinado al colegio de Metz, todavía joven jesuita, Jean montó obras de teatro con sus alumnos, según la bella tradición de la Compañía de Jesús que comprendió muy pronto la importancia del cuerpo, de la expresión, de la relación, de la actitud, de la memoria en toda educación humana y cristiana digna de ese nombre. Jean sobresalió en esta tarea de puesta en escena: supo despertar en muchos alumnos vocaciones escénicas (Koltès), o en todo caso suscitar enamorados del teatro. En la revista “Etudes”, del que fue tantos años un colaborador asiduo y fecundo, Jean se ocupó con brío y pasión de la crítica teatral. Noche tras noche, recorría las salas, entablaba relaciones efusivas, con actores, directores de escena; mantenía con los más grandes complicidades de artista, y cómo no evocar la memoria de Roger Planchon con el que leyó ocasionalmente poemas en escena. O también la de uno de los que le devolvió al teatro su enraizamiento popular, Jean Dasté.

A lo que hay que añadir un amor apasionado por la literatura. Jean escribió sus maravillosos artículos para abrir a los lectores de “Etudes” a autores poco o mal conocidos. No se limitó sólo a la literatura francesa, sino que supo abrir los espíritus a la literatura de América del Sur, tanto de lengua española como de portuguesa. No podía ignorar su nacimiento londinense, e inició muchos lectores a los más grandes escritores y poetas del universo anglosajón, incluso a través de traducciones suyas, las célebres del jesuita inglés Gerard Manley Hopkins o la de Kathleen Raine. Su talento de pedagogo le permitía ayudar a su lector a adivinar los arcanos más ocultos o los más secretos de aquellos que él comentaba siempre con pasión, y con el cuidado permanente de rigor, de justeza. Cierto que, como todo gran crítico, ha tenido sus preferencias y rechazos, pero por respeto, y puede que por pudor, prefería no escribir sobre aquellos que juzgaba de poco interés.

No seríamos, por fin, completos, si no añadiéramos a todo ello su amor por el cine, sobre el que también ha escrito mucho. Poesía, teatro, literatura, cine, ninguna de estas formas del arte hay que Jean no haya seguido con ese entusiasmo que sus amigos conocen y admiran en él. Entusiasmo que le ha mantenido siempre alerta también para presentar aquellos o aquellas que la moda o el conformismo han enterrado demasiado pronto. ¿Y cómo el creador que fue no habría sido sensible a cualquiera que es él mismo creador, y que en esa misma medida honra a través de sus talentos y sus obras al Creador y el Inspirador de toda belleza?





 


Claude Tuduri


Muy Sr. mío,

he aquí unas líneas sobre Jean Mambrino.

Con el deseo de una muy grata velada de homenaje en Valladolid.

 

Claude Tuduri s.j.

(Para la revista Etudes).

 

Homenaje a Jean Mambrino

 

Nacido en un medio cosmopolita, marcado por la poesía inglesa, Supervielle, René Char y la literatura mística, Jean Mambrino ha sabido construir una obra abundante (una veintena de volúmenes), original y fuerte. Jesuita, ha enseñado el inglés y el francés en los colegios de Amiens y de Metz, donde también animó con pasión talleres de teatro. De nuevo en París, desde 1968, Jean Mambrino ha realizado durante 40 años la crítica literaria de la revista “Etudes”.

Desde Le Veilleur aveugle (1965) hasta Grâce (2009) la poesía de Mambrino hace recuento con admiración y una gran diversidad de tonos los esplendores inagotables del cosmos y de la memoria, celebrando con mil imágenes y mil desposeimientos su lucha y su reconciliación. El lenguaje poético abre a los juegos infinitos de un Verbo que quiere el cumplimiento de todo el hombre en la alegría compartida de una palabra única. A través de ellos, el prejuicio de las cosas se torna exorcismo de lo accesorio y advenimiento de la divina libertad que el hombre ha recibido de poder nombrar el mundo y el ser.






Si el nombramiento de lo que vive y permanece pasa por lugares propios del imaginario del poeta éste se abre primero en la contemplación de los elementos primeros del mundo –la tierra, el agua, el aire y el fuego–, elementos nunca tan expresivos como cuando recortan una geografía a la vez simbólica y real: el bosque y el claro del bosque, la mar, los árboles y la arena, el abismo y el horizonte, paisajes marítimos y minerales, los microcosmos de la vida animal y vegetal. La ciudad y las relaciones humanas no son silenciadas en la poesía mambriniana (como en L'odysséeinconnue y sobre todo La saison du monde) pero en la mayor parte de sus obras aparecen en la refracción de un universo devuelto al aura de su origen, un universo que reclama el lenguaje de la poesía, “un lenguaje silencioso que borra sus propias huellas, para que se oiga lo que las palabras no dicen”[5].